
Olvidé guardar tales memorias en un bolsillo roto. Ahora, ¿cómo deshacerme de ellas?
Creí que ya dejaría de pensar en ti, que la lluvia lavaría lentamente cada partícula de tu nombre y el invierno haría a tu nombre hibernar por lo que de eternidad resta. Para mi desgracia e ironía, me equivoqué.
Anoche dormí sin mucho que pensar, anhelando sólo encuentros nutridos por tiempo ausente, de batallas y deberes. Cerré mis ojos debajo de una Luna más brillante que la nieve durante el mediodía.
Caí en la somnolencia y no pasaron más de unos minutos cuando apareciste de nuevo. Ignorando si era terror o fervor, sentí el interior de mi existencia moverse como placas tectónicas debajo de la corteza terrestre.
El típico síntoma general cuando hay algo de lo cual huir, pero que atrapa a la vuelta de la esquina con la guardia baja. Quería despertar, pero estabas justo a mi lado en el lecho, durmiente como una colina que no se erosiona con el tiempo y florece cada verano.
Necesitaba desfigurar la imagen de tu rostro, no obstante no había lucidez alguna que ayudase a tal propósito. Permaneciste recostada como una ninfa sobre un claro de algún bosque balcánico. Senda debilidad, pues no podía apartar la vista.
Prefiero estar observando desde este lado de la valla, a la distancia, en las gradas y lejos del espectáculo. A veces ya no quiero ser partícipe de pensar en ti; a veces me siento capaz de amar sin estar enamorado. A veces ni siquiera soy yo quien camina en este cuerpo magro.
Sería preferible inhibir la sinapsis, truncar el factor de caos en la teoría y permitir al orden fluir en calma chicha. Apenas estoy recuperándome, por lo que no necesito volver a perder la cordura diminuta. Después de todo fue un sueño, como siempre; nada más.
A la memoria insomne de mis falacias amadas





