30 de enero de 2010

Acuse de recibo

Olvidé guardar tales memorias en un bolsillo roto. Ahora, ¿cómo deshacerme de ellas?

Creí que ya dejaría de pensar en ti, que la lluvia lavaría lentamente cada partícula de tu nombre y el invierno haría a tu nombre hibernar por lo que de eternidad resta. Para mi desgracia e ironía, me equivoqué.

Anoche dormí sin mucho que pensar, anhelando sólo encuentros nutridos por tiempo ausente, de batallas y deberes. Cerré mis ojos debajo de una Luna más brillante que la nieve durante el mediodía.

Caí en la somnolencia y no pasaron más de unos minutos cuando apareciste de nuevo. Ignorando si era terror o fervor, sentí el interior de mi existencia moverse como placas tectónicas debajo de la corteza terrestre.

El típico síntoma general cuando hay algo de lo cual huir, pero que atrapa a la vuelta de la esquina con la guardia baja. Quería despertar, pero estabas justo a mi lado en el lecho, durmiente como una colina que no se erosiona con el tiempo y florece cada verano.

Necesitaba desfigurar la imagen de tu rostro, no obstante no había lucidez alguna que ayudase a tal propósito. Permaneciste recostada como una ninfa sobre un claro de algún bosque balcánico. Senda debilidad, pues no podía apartar la vista.

Prefiero estar observando desde este lado de la valla, a la distancia, en las gradas y lejos del espectáculo. A veces ya no quiero ser partícipe de pensar en ti; a veces me siento capaz de amar sin estar enamorado. A veces ni siquiera soy yo quien camina en este cuerpo magro.

Sería preferible inhibir la sinapsis, truncar el factor de caos en la teoría y permitir al orden fluir en calma chicha. Apenas estoy recuperándome, por lo que no necesito volver a perder la cordura diminuta. Después de todo fue un sueño, como siempre; nada más.

A la memoria insomne de mis falacias amadas

20 de enero de 2010

Unnvikende Ulv

Inicia la cacería, pero no habrá piedad alguna

El invierno abraza tiernamente las miradas oscuras, profundas, cuando las cenizas cayeron a tierra y cubrieron el domo, lava fría y volcán durmiente. Secas sus lágrimas, vislumbraron la vastedad vital que es paradoja de enormidad y pequeñez, conjugadas en suspiros y exhalaciones, el vaho visible y la condensación cristalizada en sueños truncos. Dieron pasos sobre el glaciar perpetuo, pero la ventisca borró sus huellas para que nadie siguiera rastro alguno. Espíritus errantes, de pocas palabras, de infinita ira.

Resplandeciente, la luz selenita se anidó en sus pupilas, dilatadas para contemplar toda la oscuridad, para repeler la luz dañina de la verdad guardada y disfrazada. Sus gruñidos hicieron temblar el núcleo del planeta; aullidos prolongados enunciaban un llanto contenido, el eco que dio la rotación al universo y cayó en los Oídos Divinos, esos que rara vez les escucharon emitir queja alguna de dolor o nervios.

Se miraron mutuamente, fiel tropa falta de claridad, incomprensible enigma que nadie se atreve a descifrar. Lamieron las llagas que jamás sanan, que son invisibles a los ojos comunes. Sus ladridos amedrentaron la hipócrita sazón, beatificada con rostros, labios... Renunciaron al fondo.

Entonces la faena ya tenía la hora final establecida. Terminarían las pesadillas; se acabaron las balas perdidas, el dantesco proceder del tumulto embravecido por la cólera de sus entrañas. Se fundió la beligerante marcha con la llanura ensangrentada al pie de los volcanes. Se borraron los semblantes falaces, los que abandonan y olvidan. Desgarraron la extensión del mundo, para emprender individualmente una cacería, presa evasiva y veloz.

Ya no habría más guerra, más persecuciones durante las horas reservadas al sueño, al descanso. El corazón hecho trizas latía con una vehemencia propia, tan viva como magma, como un neonato que grita y patalea, como una avalancha que arrasa con todo a su paso. Allí estaban, en completo silencio, los Lobos, ora ininteligibles, ora diáfanos como ámbar.

No había un sino trazado debajo de sus cuerpos, pero aguardaba una promesa. No obstante la contemplación del vacío, la noción de la salvación que no les correspondía, ahondaron en la condenación pero estaban dispuestos: los límites debían ser rebasados; los recuerdos, olvidados; los sinsabores, desechados; las máculas, purificadas en el crisol del torrente sanguíneo.

Jamás habrían de encontrarse de nuevo, salvo en el tiempo interminable, en la planicie cerúlea o el agreste sendero. Lobunos y sigilosos, acechando hasta que la vida se negara a fortalecerlos, serían un principio que escribir en el Libro Dorado. Y si el Rostro mostrase conmiseración, ellos retribuirían con largas vidas sin llegar a su destino, mas yendo de sueño en sueño, cristalizando anhelos entre la nieve, el aire gélido, los lagos frigoríficos.

En los polos, cúspides y grietas, su aullido haría saber que continúan en su cometido. No tendrán salvación por esa gran deuda, pero le deben a la salvación su voluntad de continuar, por ellos mismos, aprestados. Por su cuenta, depredadores de la falsedad, se unirían cuando la Tierra Prometida los acoja, bajo la plenitud de una Luna llena. Sólo entonces, sabrán la razón.

Sólo entonces todo acabará.

A La Jauría, porque el dolor de la separación no suple el honor de haber estado en sus filas, opción que tomaré en las siguientes mil vidas que me correspondan. Lupus fidelis et novum sum



4 de enero de 2010

Opera prima

Your compassionate words are music to my ears

The wind outside sets on a journey to the East
a cold curtain that covers the empty avenues
while your steps slowly approach
with an anonymous anxiety to reach your destiny.

Unknown faces and gazes
dare to deposit their time upon you,
a black shade making way through the vague
as time itself was your canvas.

Did you make sure to carry some steadiness?
Or did the ground shake while you walked?
Answers refused to appear
taking your hand into the main hall.

There was the stage, there were all lights
people whispering about trivialities.
Such vain ambitions escaped to your ears
so ignominious actions would not arise.

Then silence prevailed
chandeliers disappeared.
An empty seat by your side
the Vagrant roaming around.

You touched his invisible shoulder
and remembered his name before the overture
like a picture long lost and found
or a missing shadow cast under the sun.

Turning to one side, a familiar air
the other had the result of your prayer.
By grasping his hand you had become a miracle
as tears bathed your dark eyes.

You took over the direction
the entire world stopped during that instant
granting you safe passage through the night
dear Savior of the Fallen.

For you, my dear Muse, my most Beloved Fear

2 de enero de 2010

волк упаковка

Armentum lupi periculum et tenebrarum est

Hay un decir, mismo que hace referencia directa a lo que llamo mi perdición máxima: "hallé que la mujer es más amarga que la muerte; sus palabras son lazo para el corazón, y sus manos son ataduras." Cómo he pasado noches y tardes, sin Lunas o soles poniéndose, hilvanando cada palabra del axioma letal. Sin respuestas satisfactorias, continúo mi camino, la eterna travesía de quien no puede morir hasta encontrar la Tierra Prometida. Vagabundo, menudo ciego y sordo de la vida y la muerte, perdiéndose en los brazos, los labios, las miradas.

Procuro que los vientos invisibles no se presenten, osando revivir los rojos moribundos de las cenizas esparcidas por el desierto, entre cirios y rocas. A veces recorro la Tierra entera en sentido contrario, con tal de que las horas se detengan y las estaciones perduren en invierno, donde el calor es más añorado y el silencio permite escuchar cada gota de lluvia que cae, con su respectiva nota y nombre. Que se apaguen y su humo se eleve por siempre hasta no condensar los minutos perdidos y agudos.

¿Qué habrá de ser de nosotros, los que vamos solamente buscando una madriguera cálida donde dormir? ¿Hasta cuándo los mapas serán acertados para indicar el punto exacto en el cual abandonar el nomadismo y reunir a La Jauría? Bendita razón de mi existencia, evades cada inhalación que doy con un nombre distinto, unos ojos irreconocibles, un aspecto difuso. Guardas, no obstante, en tus latidos la misma sonoridad de las percusiones de antaño, mismas que laten dentro de este cuerpo enjuto, magro, viviendo días tras días.

Luna de los abandonados rencorosos, los fieros que no olvidan, los mutantes del tiempo, brilla en lo más alto de la mesosfera y guía cada paso de este puñado. Que se pierdan en tu existencia y no la descifren, sino la hagan suya como cada gota de sangre probada de sus presas. Y que cada noche, tras un cambio, una vida y una muerte, regresen de los salones ancestrales para encontrar en ti su punto de partida y razón. Pues La Jauría es terrible y peligrosa, recobrando, empero, el último fragmento de mansedumbre restante, cuando tus palabras son un arrullo en noches de frío.

A ti, Musa, en la fidelidad defendida con garras y dientes, et nunc et semper

31 de diciembre de 2009

Magnificencias aciduladas (o Cuando hace viento)

Es tal fidelidad la que abruma y dirige, desde la ciénega a la cima (Fontes D, 2009)

A pesar de que se marcharon las nubes y la lluvia se absorbió rápidamente, continúa el frío apacible y la temporada de inspiración melancólica. Dicen que escribo filosofía barata y poesía absurda; después de todo sobran los ataques, pero el sentido de defensa propia subyace entre las líneas. Hoy hace viento y culmina la noche insomne, inquieta, de imágenes sin tonalidad ni contorno; hoy hace viento y me encuentro sin compañía, aunque nunca solo. Probablemente sea el significado de la fortaleza amorosa, sentado en mi Trono de Silencio y Sarcasmo, del cual me dicen rey.

Sujeto al mismo suelo que piso, repentinamente me hallo entero, incólume. Tanto la rotación como la traslación me son totalmente ajenas al statu anima, musicalizadas con movimientos telúricos y fenómenos meteorológicos al por mayor. Y el viento, el viento fuerte, el viento sonoro, va llevándose grano por grano los montones de tierra infértil que cubren mi sepulcro bordeado de obsidiana... sidiana... diana... na... Tan grande que el eco es más que sonoro.

Hallazgos gratos y anhelados, de tierras lejanas y ojos grandes y oscuros; abrazos ácidos, estrechando mi enjuta figura que parece desvanecerse con cada semana que transcurre; sin pedirlo quizá, pero es curioso no extrañar ya, sostenerme sin vaivenes en mi propio espacio, para que lo antes posible vea la caducidad de idilios platónicos. Después no quiero cargar con memorias de las cuales me será imposible deshacerme; voy a quedarme, por ello, con la sonrisa irregular, de pantalla, de brillo. La intención me es indiferente.

Es como tener una fruta deliciosa y no darle la primera mordida. Cuando hace viento me ciego con el polvo. Me sabe deliciosa la indiferencia atemporal del cariño marchito, como las estelas dejadas sobre la mesosfera, posible lugar de mi próxima residencia. Tan grande y fuerte es todo, al tiempo que insípido y opaco.

Ya van bajando los Lobos de las laderas; los Tigres salen del cráter durmiente y se desploman hacia la pradera. Depredadores de falacias y dulces quimeras, les llega la hora de transmutar zarpas por manos, colmillos por dientes, aullidos y rugidos por palabras. We are not men disguised as Wolves, but Wolves disguised as men. Se les escapa el aliento, magnos emperadores del peligro, en el instante preciso de tocar los meses de mutismo.

Grande será su hazaña, pues la hora está presta para ellos, quienes han librado más muertes que vidas, más fracasos que victorias, y pretenden hacer que la vida sea posible, a ellos, a otros. Ocultos en la nieve guardarán el sueño del alma afligida; andando por las orillas trazarán el derrotero de las fieles caminantes; esperando la puesta de Sol, guardarán sus tonalidades para quien sabe capturarlas; esquivando desamores, serán fieles escuderos de la sabia que escucha y aconseja con certidumbre.

El viento no se los llevará, no los moverá ni un ápice. Transitus lupus et tigris fidelis.

A ti, por la fiel travesía entre flujos piroclásticos y rocas afiladas, siempre firme

28 de diciembre de 2009

Ludus magus

Aceptaré un instante de ti a cambio de la inocencia que me queda

Vuelvo a observarte en el silencio que la música vagamente ofrece; contemplo tu mirada, orbitando en torno mío y colisionando de vez en vez, con una predictibilidad descifrable y obvia. Brillas como supernova, trastocando límites inconcebibles de realidad y fantasía. Al pronunciar mi nombre me parece que una voz indescriptible, de fortaleza singular y tono adictivo, viaja por el aire hasta entonar quién soy. Eres tú, a fin de cuentas, quien está tan cerca como nunca lo había siquiera soñado.

¿Por qué estamos cantando desde la distancia? ¿Qué sucedió con mi reserva lobuna, al grado de que la disipas y conminas a una danza, alegre y espontánea? Esa música sigue rebasando los lindes de una linealidad obtusa, y tú eres en efecto la curva perfecta donde eliminar cualquier noción de estática. Una faceta que no conocía, de la cual tomo referencia para observar en un gran angular esa integridad que tiene tu nombre. Poniéndome un poco a prueba, me haces partícipe de tu ritual lúdico y perfecto, contraponiendo las teorías y reglas dictadas por esta humanidad recalcitrante.

Minutos después vago por el lugar, acechando los segundos que quiero conservar en la gélida caja de recuerdos. Me alcanzas y en una infantil y tierna actitud presumes novedades, pisando sobre un terreno fértil y hermoso. Fusilas mi seriedad con centenares de sonrisas que suelo ver por las mañanas en que la Providencia misma me topa contigo. Y aquí estás de nuevo, quizá de manera indirecta trazando la trayectoria para que cada mirada disparada me tenga como objetivo, a mi perspectiva. A decir verdad, yo hago lo mismo, aunque no sé cuán sutil pueda ser.

Vaya que tienes un poder amplio, si bien el praeteritus no tiene lugar alguno en este idilio de mi imaginación. Pienso en absolutamente nada, más que en esto, ahora, aquí, en ti, y quizá por primera vez noto que tus ojos tienen un color diferente, que tu expresión refleja una emoción distinta que otrora estaba opacada por mis evasiones y responsabilidades, paseos por las calles de erudición y las tardes teñidas con disciplina. Lo derribas sin esfuerzo alguno, antes bien con una sutileza bella y admirable.

Ignoro qué me sucede, pero vuelvo a la adolescencia y la mente movida, cimbrada con la evidencia de cada gesto y palabra inolvidables. Quizá respondiendo a algún axioma sentí latidos apresurados agolpándose dentro de mí. Vaya reacción... Es más el juego de la res cogitans desde el mismo instante de tu llegada, la cual esperaba con una impaciencia infantil y atestigüé con firmeza de torre. Es probablemente el juego mágico de Max Scheler, dibujando en tu iris la singularidad lobuna de mi sintomático proceder. Pero si en ello habré de encontrar la reciprocidad, la duradera consciencia, el eterno deambular detenido por el umbral de un jardín apacible y sereno, entonces que reaccione cada poro de mi individualidad, que dé paso a la magia de cantar y reír, de bailar y charlar, de hacer historia conjunta y construir el presente obsequio.

A ti, autora de insomnios hermosos y adictivos donde trazar la realidad

26 de diciembre de 2009

Tamu Ndoto

Una persecución durante la inconsciencia, típico sinónimo de proximidad caótica y sempiterna

No creo en los accidentes, mucho menos en las coincidencias; quizá en ello me parezca a Dios mismo, pues igualmente aborrezco jugar con los dados a fin de obtener una respuesta. Cierro los ojos y las bajísimas temperaturas me sujetan, cincelando mi propia médula en una suerte de animación suspendida. A veces no quiero despertar, pero los estúpidos cuerdos desconocen que no es por falta de ímpetu para vivir, sino por el contenido de esos siglos transcurridos en segundos, cobijado con la noche, las nubes de hielo y la miríada de estrellas.

Los ojos conocidos de algún transeúnte se dispararon en una mirada casi anónima. Algún risco era abertura para devorarnos: un puñado de gente y una melodía como escenario. No obstante desconocida, estaba dedicada a la fuente de estas líneas, a veces más cifradas que inteligibles. Y sobre alguno de los ángulos de mi visión binocular, en un silencio absoluto de tiempo y estaciones, estabas tú.

Por motivos ajenos a mi propia voluntad, deseaba recuperar tu imagen después de la noche en que llovió. Cediste a este vagabundo un trozo más de la Eternidad, si bien quisiera no seguir añejándome cuando tengo oportunidad de verte. No había dejado de pensarte, a pesar del dubito ergo sum acaecido en los días aburridos. Allí estabas de nuevo, en la paciencia de las montañas nevadas, sin decir cosa alguna, hablando a la vez con tus ojos oscuros y la pacífica envidia de un rostro magnánimo, aterradoramente magnánimo y sutil, sobre todo para aquellos como yo, asesinos de tiempo y memorias deshidratadas.

Quise ir a tu lado, pero ya era impertinente la mañana absurda, la sabatina incongruencia de mis instantes con Asperger y obsesividad. Ya me retorcía en mi propio lecho, intentando sin éxito sujetarme de ti, cercana redención luminosa, para observarte de nuevo en la estupefaciente vía del sueño dulce. Con la rabieta como almohada, me derretí en posición fetal y hundí mis caninos en un grito mudo, un alarido frustrado. Ojalá ni siquiera la luz misma del Sol me iluminara...

Se escapó de mis manos la congoja cuando estaba en el recinto de honor y dignidad, liderado por una voz familiar de órdenes y comandos. Era alta la probabilidad de sublimar mi iracunda hora en golpes y fortaleza contenida; retrocedí, empero, al ver la viva imagen de un verdadero templo al poder y la delicadeza. En un silencio más, estabas justo al frente de todos, quizá mimetizándote con el entorno, sobresaliendo como un volcán en medio del mar. Estabas de nuevo frente a mí.

En cierto idioma logré identificar los ichi, ni, san, shi, go... No tuve más remedio que intuir tus manos y pies, construyendo continentes enteros mientras en cada postura perfecta resonabas como trueno en tormenta. Podría haber trazado cada línea que en la invisibilidad del aire torneabas, pero una vez más me quedaba como niño asustado, quieto, totalmente absorto. Me quedaba solamente el uniforme de tu nombre, Flor Blanca de Oro, que resplandecía como la cumbre del mismo Citlaltépetl en tardes de otoño.

Alejados de la primavera, sabía de antemano que estaba nuevamente soñando, en los breves segundos que haré perdurar durante millones de eras. Pobres de nosotros, los ilusos dementes, que no tenemos la habilidad para hacer que el mundo entero comprenda lo que atestiguamos mientras dormimos; lo que piezas como tú, firmes y delicadas, generan durante los minutos de telones cerrados. ¡Vaya escena la que aconteció! Y yo que pensaba que los obsequios estaban envueltos con papel y listones...

En las laderas merodea un Lobo; por las cimas ronda un Tigre. Ambos están observando la centella dorada de los pétalos en la distancia. Sin aspirar su aroma, saben a ciencia cierta que representa una fragancia de cataclismos de extrema beatitud. Pero he aquí que se aproximan a velocidad vertiginosa, cayendo como meteoros desde lo alto, a fin de alcanzar esa efigie de poder y belleza, que otros no pueden ver. ¡Sendos estúpidos, juzgando lo que sus ojos observan! ¡Qué saben, Eupe Ua, de felinos y lobunos siglos en busca de Tierras Prometidas!

A ti, por la evidencia de inconsciencias recuperadas en la interrumpida noche